Descripción
Es preciso gritarlo de una vez por todas; heroína no es Tania la guerrillera, ni La monja alférez, ni Pepita la pistolera sino la mujer que vive sola su día a día. Ser heroína es salvar a un perro baleado con medicación homeopática, agradecer la frase «si no te besé aquella vez no te voy a besar más» (lindo para una canción), psicopatear a un novio de barrio y terminar llorando, jugar a cuál de las propias emociones se gana el premio a la pelotudez, viajar a la casa en la playa de alguien que se pasó sin culpas del marxismo al snobismo, amamantar a un ternero obligada por su ex y su actual pareja… y todo así. Los cuentos de Gabriela Bejerman se leen con la velocidad feliz con que, enarbolando una lengüita de almeja, una heroína devoraría un helado dibujado por Roy Lichtenstein. María Moreno Las protagonistas de Heroína muestran, muchas veces en primera persona, los desajustes con su medio, con sus parejas, consigo mismos: «Yo los veía como una empleada doméstica que está en el living con los invitados». En otro, envuelta en una relación que no comprende, dice: «Yo, presa de una ofuscación violenta, cuando trajeron la morcilla, me pareció que era el reflejo de la mala sangre que me hacía, negra y embutida en un vestido de cuero». En este libro hay humor, potencia y síntesis. Hebe Huart Heroína es un viaje lisérgico, una aventura salvaje en primera persona. Sus personajes son siempre caprichosos, adolescentes del deseo… Parecen inspirados en «Evita vive» de Perlongher, pero también en Copi, Jane Bowles o Grace Palley, y son casi monólogos donde escuchamos latir una voz verdadera. Inés Acevedo Los cuentos de Heroína comparten el pulso narrativo, un latir a toda prisa, con faldas (o sin nada) y a lo loco. Fantasía, guirnaldas nonsense, modo morbo, chorros hot. Bejerman narra las formas que adopta la voracidad y se dispone a devorar, hasta donde ella quiera, sabiendo que el telón nunca se termina de correr. Luciana Caamaño





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